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Y nuestra reflexión está empapada de humanidad, casi tan cerca del cielo como de la napa de agua que corre en la tierra, subterránea. No podemos pensar sino con naturalidad -ese mundo que nos circunda es demasiado grande para nuestros odios, para nuestras pasiones, para nuestra vil morosidad, para todo lo que sea sentimiento cerrado. Una inmensa naturalidad nos está rodeando y, lejos de concluirnos, de cerrarnos, nos comunica, nos extiende a su medida; nos pone tan cerca del alto campo estrellado, como del campo firme y bajo, como del agua profunda, como de los demás hombres, de las mujeres, de las cosas. Lo que tenemos es ganas de gritar: "¡Señor, Señor, estamos, con cada segundo, naciendo, renaciendo! ¡Universo, te tocamos! Tierra, te tocamos!" Y lo que tenemos de la tierra no es tan sólo la tierra, sino el modo como nos lleva al absoluto. Antes de medianoche, cuando ya vamos a entrar en la casa para acostarnos, todavía nos acompaña en nuestra soledad un rombo de luna lechosa; nuestra sombra se dobla al acercarnos al muro enjalbegado de la casa, que parece azul. Y sólo al amanecer, la tierra y nosotros estamos definitivamente en paz, los dos inertes, los dos yacentes
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